Con el tiempo, he comprendido que saber soltar es una clave esencial en cualquier proceso de transformación. Cuando avanzamos en el camino del autoconocimiento, la vida nos pone frente a situaciones que nos enseñan, a veces con suavidad, otras con intensidad.
Ante estas experiencias, la gratitud es una fuerza poderosa. Agradecer los acontecimientos, incluso aquellos que nos sacuden, significa reconocer que tienen un sentido, que vienen a iluminar un aspecto de nosotros que necesita ser comprendido y transformado. Pero en este camino, también hay una trampa: la necesidad de querer controlarlo todo, de entender todo de inmediato, y en ocasiones, incluso, de querer que quienes nos rodean evolucionen al mismo ritmo que nosotros.
Sin embargo, cada persona tiene su propio recorrido, sus propias resistencias, sus propias lecciones que integrar. Chocar con la incomprensión de los demás, tratar de forzar la toma de conciencia, es ir en contra del flujo natural de la vida. Soltar es aceptar que no estamos aquí para convencer, sino para encarnar. Para irradiar nuestra propia verdad, sin expectativas ni apego a la mirada exterior.
Dejar que la vida nos guíe es aprender a confiar en el proceso. Es avanzar sin tensión, sin tratar de controlarlo todo. Es abrirse a lo que llega, acogiendo cada encuentro, cada desvío, cada imprevisto como una brújula sutil que siempre nos devuelve a nosotros mismos.
¿Y si hoy, en lugar de resistir, nos dejáramos llevar? ¿Si aceptáramos que todo llega en el momento justo, que no hay prisa, que cada etapa tiene su importancia?
No se trata de inacción, sino de un profundo acto de fe en la vida.
Y tú, ¿alguna vez has sentido esa magia que ocurre cuando dejas de luchar y te entregas a la corriente?
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